Babosas de crocanti

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Tras años sin llover como dios manda, además de las setas han reaparecido las babosas. Son blandas, sin caparazón, sueltan una baba densa, se encogen formando una bola y se estiran como un zurullo fálico (los del género Arion miden un palmo)… “¡Qué asco!”, dice la gente cabal. Y porque no saben que tienen pulmones y que respiran por un agujero junto a la cabeza –el pneumostoma–. Las babosas son grandes cruzadoras de pistas forestales. Si corren por la orilla superior, les apetecería conocer la inferior. Si se deslizan por la parte de abajo, les gustaría arrastrarse por arriba. Pasan de un lado a otro a cámara lenta desafiando a los coches. Si una rueda pisa a un babosa, aunque sea tangencialmente, se deshincha y se transforma en moco, como un extraterrestre abatido por una pistola sideral. Como ya deben de suponer, me gustan las babosas. Me paso la vida apartándolas de las carreteras y dejándolas donde intuyo que querrían ir. Nunca me lo agradecen lo suficiente. Se destemplan, esconden los cuernos, segregan una baba que parece pegamento y cuando las suelto en la orilla segura sólo piensan en regresar a la pista peligrosa. A menudo, al encoger, en la parte ventral se les adhieren piedrecitas y parecen babosas de crocanti.

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